Izquierda Uruguay

Del odio en las redes a la violencia en la casa: la mentira de la "Batalla Cultural"

'La Batalla cultural' es el negocio de la ultraderecha. Lo cultural implica valores sostenidos y compartidos socialmente. Por eso, sus prácticas nos tienen que confirmar una certeza: podemos tener discrepancias entre nosotros, pero compartimos valores comunes en los que tenemos que pararnos para unirnos y hacer frente a quienes nos tienen como sus enemigos.

Redondito·18 de agosto de 2026

Fernando Cerimedo fue detenido por contratar mercenarios para asesinar a su exesposa. Cerimedo es el asesor de comunicación digital de Milei en Argentina y de Paz en Bolivia, además de uno de los directores de La Derecha Diario junto con Javier Negre, y un hombre con vínculos directos con Jair Bolsonaro. Amigo de Agustín Laje y Nicolás Márquez, es uno de los reconocidos exponentes de la llamada “nueva derecha” y la “batalla cultural”.

Pero, ¿a quién combate realmente esta “batalla cultural”?

Si reconocemos que la violencia se volvió moneda corriente en las redes, Cerimedo funciona ahí como pez en el agua: usa el odio para ganar poder y dinero, vendiendo sus servicios de “estratega digital” a la derecha continental. No extraña que sus insultos y las campañas que diseña apunten siempre a la izquierda, a la inmigración y, muy especialmente, a las mujeres. Basta con entrar a cualquiera de sus redes o repasar sus declaraciones para confirmarlo.

Esta práctica no es espontánea. Responde a la búsqueda de mayor alcance en las redes y a la construcción constante de una identidad de ultraderecha en la que estos personajes se colocan con orgullo.

Usan el odio para ganar poder y dinero: la 'batalla cultural' es el negocio de la ultraderecha. A la vez, pasan del discurso al acto: la violencia que militan en las redes es la que ejercen en lo privado.

Llevarlo al ámbito privado puede sonar provocador, pero más provocadora es la realidad. Los principales exponentes del insulto a los movimientos políticos y sociales que reclaman derechos y exigen un freno a la violencia hacia las mujeres terminan implicados en casos graves de violencia machista.

Recordemos si no a Pablo Laurta, creador de “Varones Unidos” en Uruguay —a quien el Partido Nacional llegó a invitar al Parlamento a dar charlas cargadas de odio hacia las mujeres—, que acabó detenido e imputado por asesinar a su expareja, a su exsuegra y por secuestrar a su propio hijo.

La reacción de quienes replicaban sus discursos no se hizo esperar, con comentarios como “se cansó”. Sus amigos, como Laje y compañía, miran para otro lado. Nuestro amo juega al esclavo.

Día a día llaman a combatirnos y nos meten a todos en la misma bolsa: "progres", "zurdos", "feministas", "marginales", “marrones”, “negros”. Ni siquiera hace falta considerarse de izquierda para entrar en lo que ellos llaman el “enemigo a enfrentar”. Y aquí la concepción del enemigo no es una exageración ni un invento de este artículo: ellos mismos lo aclaran constantemente en sus posteos y libros, donde dicen expresamente que no somos sus rivales, sino sus enemigos.

Aunque entre nosotros tengamos rispideces y contradicciones que vamos corrigiendo, no hay duda de que nos une un mínimo común: la búsqueda de una sociedad mejor, distinta a la de hoy y a la de ayer. Pero también se vuelve necesario reconocer algo: nos une un enemigo común.

A lo que ellos llaman “batalla cultural”, nosotros debemos responder con el orgullo de que nos quieran enfrentar.

Al odio que ellos destilan en las redes, nosotros debemos enfrentarlo con participación popular y solidaridad en cada barrio, en cada ambiente colectivo en el que nos toque estar.

Lo cultural implica valores sostenidos y compartidos socialmente. Por eso, sus prácticas nos tienen que confirmar una certeza: podemos tener discrepancias entre nosotros, pero compartimos valores comunes en los que tenemos que pararnos para unirnos y hacer frente a quienes nos tienen como sus enemigos.